martes, 4 de diciembre de 2018

Navidad. El Árbol de Navidad


            Algunos símbolos cristianos de la Navidad tienen origen celta, romanizados algunos, a raíz de la conquista de la Galia por Julio César en los años 52-58 a.C. Relataré, en sucesivas entradas de lo que les hablaba a mis hijos y nietos hace años del Árbol de Navidad, del Nacimiento (Belén o Pesebre), de los Reyes Magos y de San Nicolás, comercializado como Santa Claus. Dedico esto ahora a Michelle y Valentina, mis dos nietas menores (de nuestros 27 entre nietas y nietos) y para Tábata, Samuel, Sofía y Felipe, que son los bisnietos (de los 16), que ya saben leer y escribir (y algunos  hasta quieren ser (cuando sean grandes) “escritores”,
           
            I.- El árbol de Navidad.. Julio César, comienza su crónica de la conquista de las Galias (De Bello Gallico) así: Gallia est omnis divisa in partes tres, quarum unam incolant belgae, aliam aquitani, tertiam qui ipsorum linga “celtae” nostra “galli” appelantur (Toda la Galia está dividida en tres partes; una  de las cuales la habitan los /belgas/, otra los /aquitanos/, y la tercera, los que en su lengua se llaman /celtas/, y en la nuestra “galos”. Los celtas eran más numerosos, importantes y los que tenían prácticamente todo el territorio.
            Estos celtas tenían unos sacerdotes llamados druidas. estos  druidas celebraban, en el solsticio* de invierno (21-22 de diciembre) una fiesta en honor a su dios de la fertilidad, que además era dios de las buenas cosechas del campo. Dentro de esas fiestas, los árboles de hoja perenne, o sea, los que no perdían sus hojas en el otoño, (coníferas, pinos…)  eran adornados con luces (velas) que simbolizaban la vitalidad de la naturaleza y el comienzo de la nueva luminosidad.
            *En el solsticio de invierno, como toda persona medianamente culta sabe, comienzan a hacerse más largos los días, o sea, hay más tiempo de sol. Por eso se celebraba el “regreso” del sol después de días oscuros con menos horas de luz; ese “re-nacimiento del sol era muy digno de celebrarse.
            Coincidencialmente en Roma, la capital del imperio más grande del mundo occidental en ese tiempo, se celebraba, también en el solsticio* de invierno, el resurgimiento de la luz del sol, que, como ya dijimos, había llegado a su menor duración, con fiestas en honor a los respectivos dioses.
            En el año 313 después de Cristo, el cristianismo, hasta ese año perseguido por distintos emperadores del imperio romano,  fue permitido por Constantino el Grande. Por ese motivo, los cristianos empezaron a celebrar su culto abiertamente en Roma, convirtiéndose esta en el centro de la nueva religión.  
            El  cristianismo comenzó enseguida a evangelizar los territorios pertenecientes al imperio romano, y llegaron asi a las Galias, que ya era provincia romana por haber sido conquistada en los años 52 a 58 a.C por Julio César. 
            Pero esos cristianos evangelizadores, se encontraron allí con la religiones y costumbres de los celtas, arraigadas en la región, lo que impedía su conversión al cristianismo. Y viendo los cristianos que no podían desarraigar esas costumbres, lo que hicieron fue “bautizarlas”, es decir, “convertirlas” al cristianismo; pero, ¿cómo?
            Pues hicieron nacer a Jesús, el 25 de diciembre, y enseñar así que ese niño nacido, o sea  Jesús, era la verdadera luz que iluminaba ahora el mundo.

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